martes, 9 de diciembre de 2014

¿Cómo influye el entorno familiar en el desarrollo de la conducta violenta?

Desde sus orígenes, la familia es la organización socializadora y transmisora de costumbres, principios, modos de relacionarse y de expresar el afecto entre sus individuos.
Transmite creencias culturales asumidas como ciertas, a pesar de ser erróneas, las cuales son influenciadoras y normalizadoras de las conductas violentas. La idiosincrasia familiar juega un papel preponderante porque convierte una creencia en absoluta, cuando puede tratarse de una idea equívoca y carente de sentido. En torno a ella se organiza la familia y le confiere sentido, por lo tanto, no se cuestiona, se asume y se perpetúa como válida.
Es por eso que escuchamos decir: “él solo golpea o pelea si está borracho”; o “me porté mal, me lo merezco, soy culpable”. Estos pensamientos, inmediatamente, colocan al otro en una posición de obediencia. Se recurre a la justificación de la conducta violenta o al sentimiento de culpa.
La violencia se ejerce con el propósito dominar, someter y alienar a través de la fuerza física, psicológica, económica y sexual. Veamos algunos ejemplos de cómo a través de esta se va condicionando a los hijos e hijas para que se conviertan en futuros agresores o víctimas.
Los golpes lesionan físicamente, provocan dolor y dejan secuelas, pero no promueven la reflexión.
La violencia psicológica busca incidir en el pensamiento del otro para que crea que quien castiga tiene la razón; no se cuestiona y se debe aceptar lo hecho y dicho porque viene de quien presume la autoridad, por lo que quien está en defecto es la persona agredida.
La violencia sexual es el sometimiento a las caricias o toques sexuales, diciéndoles a los menores que es una muestra de amor, que los padres lo hacen cuando quieren a sus hijas; que es algo entre ellos dos y que nadie más debe saberlo. Además, “si lo confiesas, diré a todo el mundo que estás mintiendo y que eres quien me provoca”. La manipulación psicológica es perversa.
La violencia económica es sufrida por los hijos cuando tienen que padecer la vergüenza de que no les entreguen las calificaciones escolares por falta de pago, no hay alimentos básicos en el hogar y los hijos ven a su padre beber alcohol o gastar en otras cosas superfluas, en perjuicio de la familia.
 http://hoy.com.do/consultorio-de-familia-conducta-violenta/

jueves, 17 de julio de 2014

PACAM realizará diplomado sobre violencia intrafamiliar


La organización sin fines de lucro, Patronato de Ayuda a Casos de Mujeres Maltratadas (PACAM),  como parte del cumplimiento de su misión de sensibilizar y concienciar sobre el flagelo social de la violencia intrafamiliar y preocupadas por el aumento de los feminicidios en el país, reabrirá  un octavo grupo del diplomado en violencia: “Abordaje Integral de los Sistemas Abusivos”.

La actividad inicia el lunes 21 de julio y concluye en octubre 2014, y tiene como propósito principal proporcionar una visión sociocultural, familiar y psicológica que permita, a quienes trabajan con estos casos, diagnosticar e intervenir en la estructura del funcionamiento de la violencia intrafamiliar.

El diplomado está dirigido a psicólogos/as, fiscales, jueces, abogados, trabajadores sociales, médicos, enfermeras, paralegales, estudiantes interesados en el tema y todas aquellas personas que trabajan en el área o les preocupa la violencia intrafamiliar.

La finalidad del diplomado es dotar a los y las participantes de herramientas de intervención para evitar la revictimización de la mujer al momento de ésta solicitar ayuda; y que puedan hacer un abordaje terapéutico especializado. Muchos casos de depresión, ansiedad o disfunción sexual son tratados con fármacos y no se investiga si hay una relación de violencia.

Las personas interesadas pueden llamar al PACAM (809) 533-1813 El cupo se cierra el 15 de julio y hay plaza para 30 personas.

viernes, 4 de julio de 2014

Vínculo familiar fragmentado por los feminicidios

Soraya Lara, M.A.
Psicóloga. Terapeuta Familiar
Presidente Patronato de Ayuda a Casos de Mujeres Maltratadas (PACAM)
Para Almanaque Escolar 2014.
Ediciones Radio Santa María

Una criatura que despierta cada mañana en la cuna que acoge su cuerpo  indefenso espera  ser cuidada, amada y protegida por  los padres.  La familia se  puede convertir en un escenario de amor o de destrucción si hay violencia; se interrumpe la seguridad y confianza básicas.

Abrir los ojos  al despertar y encontrarse con las figuras de los padres a quienes se percibe cercanos, provoca en los niños una sonrisa, levantar los  brazos buscando cariño y cercanía. El canto de la madre o la voz del padre se convierten en sonidos familiares. Al escucharlos pueden virar la cara y buscar a papá y mamá y anhelar estar junto a ellos para toda la vida.

El cuidado, la expresión del afecto, alimentarlos, hablarles mirándoles a  los ojos, acariciarlos y acogerlos cuando tienen miedo, protegerlos cuando están enfermos durante  la infancia,  niñez y  adolescencia son conductas que van formando el vínculo padres-hijos.

Lo que da sentido al vínculo padres-hijos no es el lazo biológico, sino, la participación en la tarea de crianza, generando la confianza básica en los primeros años de vida. Y quienes se mantienen durante toda la vida haciendo estas funciones sin desfallecer serán los padres verdaderos.

Así se va construyendo el vínculo basado en la seguridad y confianza.

Cuando los niños perciben a sus padres como la base segura a dónde ir a recargase emocionalmente, comienzan a separarse de ellos temporalmente, se mueven a jugar solos, con amigos, quedarse solos por momentos. Cuando van creciendo comparten con otros amigos, van a la escuela, pero se sienten calmados porque saben que volverán a encontrar a esas figuras que les hacen sentir seguros y tranquilos.

Ellos saben que pueden salir, alejarse de los padres y que podrán volver en cualquier momento al lugar donde se encuentren, buscando  el contacto emocional que los hará sentir seguros.  Este distanciarse y alejarse lo pueden hacer confiadamente porque saben que van a encontrar a sus padres dispuestos a acogerlos, abrazarlos, besarlos, hablar con ellos demostrándoles cuán importantes son.

Los niños que viven en un ambiente seguro y de confianza cuentan con padres que los educan y disciplinan estableciendo límites, diciéndoles qué está bien y qué no. Qué pueden o no hacer. Siempre, tomando en cuenta el respeto que se merecen sus hijos. Estos padres no castigan provocando sufrimientos emocionales o físicos.

Los padres bientratantes con sus hijos, también son padres bientratantes entre  ellos. Los niños se sienten más felices y seguros cuando ven a sus padres llevarse bien, que se demuestran cariño, que se tratan con respeto y que se preocupan uno por el otro. Y que ven a sus padres con rostros alegres.  

Un escenario como este permite a los hijos crecer y desarrollarse con mejor autoestima, y contribuye a la felicidad y bienestar emocional. Vemos que estos niños se enferman menos, tienden a ser más colaboradores y dispuestos a ayudar a los demás.
Estas familias promueven en sus hijos el respeto, la tolerancia y la justicia.

Así como encontramos las familias bientratantes, nos encontramos con familias maltratantes, las cuales ponen en riesgo la confianza, la seguridad y el amor básico.

Las familias maltratantes carecen de las competencias y herramientas básicas para criar y educar a sus hijos. Predominan castigos severos, insultos, humillaciones y golpes; creando mucha inseguridad y desconfiaza de los hijos en los padres. Lloran y se aíslan, se distancian de sus padres porque les temen.

En este tipo de familia podemos encontrar a un padre violento con su pareja, a la cual puede golpear, herir, fracturar brazos, costillas, tabique de nariz frente a los hijos. Y si no ocurriera delante de ellos, se darían cuenta de que algo grave ocurrió. Están seguros que la última vez que vieron a su madre estaba bien, y que de repente aparece ensangrentada o curada sin ninguna explicación para ellos.

Los niños pueden estar expuestos durante años a este dinámica violenta. Cada día los niños temen por las vidas de sus madres. Esto les llena de angustia y temor. El lugar que debiera ser más seguro, se convierte en el lugar más inseguro y peligroso.

La cuna, la cama, la sala, la cocina todo lugar en la casa se convierte en escenario de violencia. Para ellos todo está salpicado de la ira del padre. Los niños no tienen control del comportamiento iracundo del  padre. Quisieran parar, detener la ira, los golpes, insultos, amenazas, pero para ellos es imposible. Intentan agarrarlo, suplicarle para que se detenga y no mate a su madre.

En cada episodio la angustia, la ansiedad, el miedo aterrador de pensar que su padre puede matar a la madre se vuelve el día a día para muchos niños y adolescentes. Esta situación escapa del control de ellos. Sufren la impotencia aterradora de no saber qué hacer.

Los niños que viven en estos hogares violentos con una padre que explota, agrede y luego se calma; una madre que llora, que a veces se defiende, que se deprime, que oculta lo que pasó (en algunos casos) se tornan inseguros y desconfiados. Es una familia en la cual predomina el vínculo traumático. La violencia, el maltrato generan traumas.

Los sucesos violentos repetitivos en el contexto familiar tienden a generar ansiedad, depresión, estrés postraumático, tanto para las madres como para los hijos. La incertidumbre se apodera de ellos, no se vive en paz.

Los hijos están pendientes del comportamiento del padre, porque predomina el miedo a la muerte de la madre. Ellos son víctimas de la violencia, están ahí presenciando sin que el padre los tome en cuenta. Escuchan cada palabra de ofensa, de humillación, desvalorización y amenazas contra la madre.  Observan cada movimiento del padre cuando coge el cuchillo, el machete, pistola, palos o piedras para matar a la madre. La amenaza es real y el miedo inminente. A los niños no les queda más remedio que sufrir el miedo.

En estas explosiones muchos padres suelen decirles a los hijos “mira lo que le voy a hacer a tu madre”, “si te metes, te mato a ti también”. Con tan solo imaginar estos escenarios, nos sentimos conmovidas, qué será en la vida de estas criaturas.

No sólo en los momentos de explosiones se observa la violencia, ella está ahí silente; los niños está pendientes, esperan, temen cada día.
Los niños sienten una gran confusión respecto al amor y odio. Es el padre que ataca, violenta y, posiblemente, pide perdón. Expresa que es la mujer de su vida, que lo perdone. En esta fase puede llorar, suplicar. Los hijos se confunden y no entienden.

Ven en esta fase al otro padre, aunque temporalmente, frágil y triste. Se confunden, no entienden y no saben qué hacer ni qué decir. Sólo saben que temen por la vida de su madre, aunque no hayan oído la palabra asesinato o dar muerte.

El vínculo entre ellos se ve severamente afectado, la desconfianza, inseguridad y desprotección imperan en sus vidas.

Cada uno de los hijos puede ser afectado de manera distinta, no todos están expuestos de la misma manera al drama de la violencia. Algunos violentan en ausencia de los hijos para mantener frente a ellos una falsa imagen.

Cuando el padre comete feminicidio quebranta el vínculo seguro y de confianza. Deja a los hijos sin su madre, quien fue una figura de apego primario para ellos. El vínculo con el padre agudiza el vínculo traumático.

El desconcierto vivido por los niños afecta el sentido de referencia biológico y  existencial. Quien me dio la vida, quita vida. Ellos sufren el temor inminente de que el padre les quite la vida a ellos como lo hizo con su madre. Algunos, sufren la desdicha de perder la vida en manos de sus padres violentos.

Es urgente que las familias comprendan la gravedad del problema desde su inicio para buscar ayuda en profesionales, de manera que eviten el daño físico y psicológico. Sobre todo, para salvar la vida de mujeres e hijos.
La violencia intrafamiliar es un asunto de todos y todas. No podemos quedarnos indiferentes ante esta lacra social que afecta las futuras generaciones.

Las niñas que viven en hogares violentos pueden convertirse en las futuras víctimas y los niños en  futuros agresores. Los niños como mecanismo de sobrevivencia aprenden en la etapa adulta a salirse con la suya usando la violencia como una herramienta para dominar, controlar y someter.

El feminicidio o muerte de mujeres en manos de sus parejas es el acto de mayor posesividad y sometimiento en la sociedad contemporánea.

jueves, 22 de mayo de 2014

Consultorio de familia

La relación vinculante de la madre, en unión con el padre, representa la función de cooperación para el cuidado, protección, seguridad y apoyo en el desarrollo de los hijos.
Hay que asumir que el enlace biológico ocurre en el acto o proceso de la unión del óvulo y el espermatozoide para la creación de una nueva vida. En el útero materno la criatura es cuidada y alimentada.
Luego del nacimiento, la madre puede ser otra diferente a la madre biológica. Sin que vaya en detrimento de la madre biológica, puede ser una madre adoptiva o sustituta, quien prodigue los mismos cuidados o mejores que la madre que ha llevado la criatura en su vientre.
Creer que solo se es madre o buena madre bajo el designio biológico cerraría las puertas a muchos niños que han perdido madres biológicas a consecuencia de abandono, hijos huérfanos de padres fallecidos en guerras, de madres fallecidas por enfermedad, que mueren en el parto, entre otras situaciones.
Atarse al vínculo biológico, a la no concepción natural de una criatura hundiría a muchas mujeres en la frustración, limitando su anhelo de ser madres, limitando el instinto maternal, que más que mera entidad biológica, consiste en una serie de conductas dirigidas a amar, cuidar, proteger y estimular la autonomía de los hijos.
Cuantas mujeres son infelices en pensar que no son o no serán madres biológicas, quedando atrapadas en este imperativo, sin pensar que igualmente pueden gozar y disfrutar de la maternidad de igual o mejor manera que una madre biológica.
En otro orden, las mujeres que deciden no tener hijos no son comprendidas, sino, muchas veces atacadas. No se suele aceptar que hay mujeres que pueden elegir no ser madres. Se les acusa, equívocamente, de patológicas, como si de obligación se tratara.
Cada mujer tiene derecho a ejercer o no la maternidad. Determinadas mujeres deciden desarrollar su vida en base a otros proyectos.
Sin embargo, el prejuicio a vencer es la obligatoriedad de la maternidad como imperativo biológico.
La libertad de elegir ser madre es un acto personal, individual e íntimo. Da igual que sea por naturaleza o por adopción.
Ganamos más en aceptar la variabilidad existente entre las mujeres y sus múltiples opciones, que manteniendo prejuicios arcaicos.
Más vale una mujer decida a ser madre y ser bientratante, que una madre maltratadora.
Envíe sus preguntas a soraylacaf@hotmail.com

viernes, 11 de abril de 2014

Cierre Taller "Desafío de ser Padre y Madre" auspiciado con fondos de Johnson & Johnson

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Vínculo familiar fragmentado por los feminicidios

Soraya Lara, M.A.
Psicóloga. TerapeutaFamiliar
Presidente Patronato deAyuda a Casos de Mujeres Maltratadas (PACAM)
Para Almanaque Escolar 2014.
Ediciones Radio Santa María

Una criatura que despierta cada mañana en la cuna que acoge su cuerpo indefenso espera  ser cuidada, amada y protegida por  los padres. La familia se  puede convertir en un escenario de amor o de destrucción si hay violencia; se interrumpe la seguridad y confianza básicas.

Abrir los ojos  al despertar y encontrarse con las figuras de los padres a quienes se percibe cercanos,provoca en los niños una sonrisa, levantar los  brazos buscando cariño y cercanía. El canto dela madre o la voz del padre se convierten en sonidos familiares. Al escucharlos pueden virar la cara y buscar a papá y mamá y anhelar estar junto a ellos para toda la vida.

El cuidado, la expresión del afecto, alimentarlos, hablarles mirándoles a  los ojos, acariciarlos y acogerlos cuando tienen miedo, protegerlos cuando están enfermos durante  la infancia, niñez y  adolescencia son conductas que van formando el vínculo padres-hijos.

Lo que da sentido al vínculo padres-hijos no es el lazo biológico,sino, la participación en la tarea de crianza, generando la confianza básica en los primeros años de vida. Y quienes se mantienen durante toda la vida haciendo estas funciones sin desfallecer serán los padres verdaderos.

Así se va construyendo el vínculo basado en la seguridad y confianza.

Cuando los niños perciben a sus padres como la base segura a dónde ir a recargase emocionalmente, comienzan a separarse de ellos temporalmente, se mueven a jugar solos, con amigos, quedarse solos por momentos. Cuando van creciendo comparten con otros amigos, van a la escuela, pero se sienten calmados porque saben que volverán a encontrar a esas figuras que les hacen sentir seguros y tranquilos.

Ellos saben que pueden salir, alejarse de los padres y que podrán volver en cualquier momento al lugar donde se encuentren, buscando  el contacto emocional que los hará sentir seguros.  Este distanciarse y alejarse lo pueden hacer confiadamente porque saben que van a encontrar a sus padres dispuestos a acogerlos, abrazarlos, besarlos, hablar con ellos demostrándoles cuán importantes son.


Los niños que viven en un ambiente seguro y de confianza cuentan con padres que los educan y disciplinan estableciendo límites, diciéndoles qué está bien y qué no. Qué pueden o no hacer. Siempre, tomando en cuenta el respeto que se merecen sus hijos. Estos padres no castigan provocando sufrimientos emocionales o físicos.

Los padres bientratantes con sus hijos, también son padres bientratantes entre  ellos. Los niños se sienten más felices y seguros cuando ven a sus padres llevarse bien, que se demuestran cariño, que se tratan con respeto y que se preocupan uno por el otro. Y que ven a sus padres con rostros alegres.  

Un escenario como este permite a los hijos crecer y desarrollarse con mejor autoestima, y contribuye a la felicidad y bienestar emocional. Vemos que estos niños se enferman menos, tienden a ser más colaboradores y dispuestos a ayudar a los demás.


Estas familias promueven en sus hijos el respeto, la tolerancia y la justicia.

Así como encontramos las familias bientratantes, nos encontramos con familias maltratantes, las cuales ponen en riesgo la confianza, la seguridad y el amor básico.

Las familias maltratantes carecen de las competencias y herramientas básicas para criar y educar a sus hijos. Predominan castigos severos, insultos,humillaciones y golpes; creando mucha inseguridad y desconfiaza de los hijos en los padres. Lloran y se aíslan, se distancian de sus padres porque les temen.

En este tipo de familia podemos encontrar a un padre violento con supareja, a la cual puede golpear, herir, fracturar brazos, costillas, tabique denariz frente a los hijos. Y si no ocurriera delante de ellos, se darían cuentade que algo grave ocurrió. Están seguros que la última vez que vieron a sumadre estaba bien, y que de repente aparece ensangrentada o curada sin ningunaexplicación para ellos.

Los niños pueden estar expuestos durante años a este dinámica violenta.Cada día los niños temen por las vidas de sus madres. Esto les llena deangustia y temor. El lugar que debiera ser más seguro, se convierte en el lugarmás inseguro y peligroso.


La cuna, la cama, la sala, la cocina todo lugar en la casa se convierte en escenario de violencia. Para ellos todo está salpicado de la ira del padre.Los niños no tienen control del comportamiento iracundo del  padre. Quisieran parar, detener la ira, los golpes, insultos, amenazas, pero para ellos es imposible. Intentan agarrarlo,suplicarle para que se detenga y no mate a su madre.

En cada episodio la angustia, la ansiedad, el miedo aterrador de pensar que su padre puede matar a la madre se vuelve el día a día para muchos niños y adolescentes. Esta situación escapa del control de ellos. Sufren la impotencia aterradora de no saber qué hacer.

Los niños que viven en estos hogares violentos con una padre que explota, agrede y luego se calma; una madre que llora, que a veces se defiende,que se deprime, que oculta lo que pasó (en algunos casos) se tornan inseguros y desconfiados. Es una familia en la cual predomina el vínculo traumático. La violencia, el maltrato generan traumas.

Los sucesos violentos repetitivos en el contexto familiar tienden a generar ansiedad, depresión, estrés postraumático, tanto para las madres como para los hijos. La incertidumbre se apodera de ellos, no se vive en paz.

Los hijos están pendientes del comportamiento del padre, porque predomina el miedo a la muerte de la madre. Ellos son víctimas de la violencia,están ahí presenciando sin que el padre los tome en cuenta. Escuchan cada palabra de ofensa, de humillación, desvalorización y amenazas contra la madre.  Observan cada movimiento del padre cuando coge el cuchillo, el machete, pistola, palos o piedras para matara la madre. La amenaza es real y el miedo inminente. A los niños no les que da más remedio que sufrir el miedo.

En estas explosiones muchos padres suelen decirles a los hijos “mira lo que le voy a hacer a tu madre”, “si te metes, te mato a ti también”. Con tan solo imaginar estos escenarios, nos sentimos conmovidas, qué será en la vida de estas criaturas.

No sólo en los momentos de explosiones se observa la violencia, ella está ahí silente; los niños está pendientes, esperan, temen cada día.

Los niños sienten una gran confusión respecto al amor y odio. Es el padre que ataca, violenta y, posiblemente, pide perdón. Expresa que es la mujer de su vida, que lo perdone. En esta fase puede llorar, suplicar. Los hijos se confunden y no entienden.

Ven en esta fase al otro padre, aunque temporalmente, frágil y triste.Se confunden, no entienden y no saben qué hacer ni qué decir. Sólo saben que temen por la vida de su madre, aunque no hayan oído la palabra asesinato o dar muerte.

El vínculo entre ellos se ve severamente afectado, la desconfianza,inseguridad y desprotección imperan en sus vidas.

Cada uno de los hijos puede ser afectado de manera distinta, no todos están expuestos de la misma manera al drama de la violencia. Algunos violentan en ausencia de los hijos para mantener frente a ellos una falsa imagen.

Cuando el padre comete feminicidio quebranta el vínculo seguro y de confianza. Deja a los hijos sin su madre, quien fue una figura de apego primario para ellos. El vínculo con el padre agudiza el vínculo traumático.

El desconcierto vivido por los niños afecta el sentido de referencia biológico y  existencial. Quien me dio la vida, quita vida. Ellos sufren el temor inminente de que el padre les quite la vida a ellos como lo hizo con su madre. Algunos, sufren la desdicha de perderla vida en manos de sus padres violentos.

Es urgente que las familias comprendan la gravedad del problema desde su inicio para buscar ayuda en profesionales, de manera que eviten el daño físico y psicológico. Sobre todo, para salvar la vida de mujeres e hijos.

La violencia intrafamiliar es un asunto de todos y todas. No podemos quedarnos indiferentes ante esta lacra social que afecta las futuras generaciones.

Las niñas que viven en hogares violentos pueden convertirse en las futuras víctimas y los niños en  futuros agresores. Los niños como mecanismo de sobrevivencia aprenden en la etapa adulta a salirse con la suya usando la violencia como una herramienta para dominar,controlar y someter.

El feminicidio o muerte de mujeres en manos de sus parejas es el acto de mayor posesividad y sometimiento en la sociedad contemporánea.